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¿Es el envejecimiento una enfermedad? El debate que puede cambiar la medicina

Tratar las causas del deterioro o evitar convertir una etapa de la vida en un diagnóstico: repasamos una discusión que une biología, medicina y ética.

Nova Longeva redacción

Un hombre mayor con gafas conversa con una profesional sanitaria junto a un ordenador.
Imagen de recurso de una consulta médica. Foto: SHVETS production / Pexels.

Cumplir años no dice por sí solo cuánto puede caminar una persona, cómo funciona su memoria o qué enfermedades tiene. Sin embargo, con el paso del tiempo aumenta la vulnerabilidad del organismo y se hace más difícil recuperar algunas funciones. Esa relación plantea una pregunta central para la longevidad: ¿deberíamos considerar el envejecimiento una enfermedad y tratarlo como tal?

Un debate escrito publicado en Lifespan en octubre enfrenta ambas respuestas. David Sinclair modera el intercambio entre Kelly Rich y Adiv Johnson. La revista aclara que las posiciones se asignaron por sorteo: Rich defiende el sí y Johnson el no. Se trata de un ejercicio de argumentación, no de una declaración de consenso ni necesariamente de sus convicciones personales.

LA CLAVE
Reconocer el daño asociado al envejecimiento no resuelve por sí solo cómo clasificarlo. El debate enfrenta la posibilidad de actuar sobre mecanismos compartidos por varias enfermedades con el riesgo de convertir la edad en un diagnóstico. La OMS aclara que su clasificación no considera la vejez una enfermedad.

Por qué algunos investigadores defienden llamarlo enfermedad

En el debate de Lifespan, la postura favorable pone el foco en el deterioro de células y órganos: si esos cambios comprometen funciones y aumentan la vulnerabilidad, propone abordarlos como un proceso patológico. La postura contraria distingue entre esa vulnerabilidad y las enfermedades concretas, y sostiene que se puede investigar cómo intervenir sin convertir toda una etapa vital en patología.

La defensa de esta clasificación tiene una trayectoria propia. En un artículo de opinión publicado en Frontiers in Genetics en 2015, Sven Bulterijs y sus colaboradores argumentaron que el carácter natural y casi universal del envejecimiento no basta para excluirlo de la medicina. Su propuesta era reconocerlo como un proceso susceptible de intervención, en lugar de asumir sus efectos como inevitables.

La distinción tiene una consecuencia práctica: preguntar si es posible actuar sobre el deterioro que comparten distintos órganos, además de atender cada enfermedad cuando aparece. Es una hipótesis de trabajo para la investigación. Clasificar un proceso como enfermedad no demuestra que ya exista una terapia capaz de modificarlo ni determina qué tratamiento sería adecuado.

La biología ofrece mecanismos sobre los que investigar

La revisión de los rasgos distintivos del envejecimiento publicada en Cell en 2023, encabezada por Carlos López-Otín, organiza doce procesos relacionados entre sí. Entre ellos figuran las alteraciones del ADN, los cambios epigenéticos, la disfunción de las mitocondrias, la senescencia celular y la inflamación crónica. Son formas de estudiar qué cambia dentro del organismo y cómo se conectan esos cambios.

Este marco permite pasar de una idea general —hacerse mayor— a preguntas que se pueden poner a prueba. Por ejemplo, si modificar un proceso celular preserva la función de un tejido, qué efectos produce en otros órganos y cuánto dura el posible beneficio. Describir esos mecanismos ayuda a diseñar experimentos; decidir si el conjunto debe recibir una etiqueta médica exige, además, acordar qué se entiende por enfermedad.

La reprogramación celular que explicamos al hablar de los factores de Yamanaka ilustra esa búsqueda de mecanismos concretos. El interés está en comprender si una intervención puede recuperar funciones. Esa pregunta experimental puede investigarse mientras continúa la discusión sobre cómo clasificar el envejecimiento.

Qué dice realmente la OMS

La Organización Mundial de la Salud aclara expresamente que la Clasificación Internacional de Enfermedades no clasifica la vejez como enfermedad. La categoría que antes utilizaba la denominación «vejez» pasó a llamarse «declive de la capacidad intrínseca asociado al envejecimiento».

Según la explicación de la OMS, esa categoría sirve para codificar expresiones poco precisas que aparecen en historias clínicas o certificados de defunción. Su existencia no equivale a declarar enferma a cualquier persona por haber alcanzado cierta edad. Conviene separar, por tanto, la propuesta de cambiar una clasificación de lo que la clasificación establece actualmente.

El riesgo de convertir la edad en un diagnóstico

La objeción también tiene una dimensión social. En un trabajo publicado en Philosophy of Medicine en 2025, Ahmed Al-Juhany sostiene que caracterizar el envejecimiento como enfermedad podría reforzar la discriminación por edad y favorecer un trato injusto en la atención médica. Es un argumento ético sobre las consecuencias de esa decisión, no una negación de los cambios biológicos asociados al tiempo.

La diferencia importa para las personas. Dos pacientes de la misma edad pueden tener necesidades muy distintas. Una clasificación útil tendría que ayudar a identificar problemas y mejorar su atención, evitando que el número de años sustituyera a la evaluación individual. La discusión incluye así tanto los posibles tratamientos como la forma en que miramos y atendemos a quienes envejecen.

Un objetivo común: conservar la capacidad de vivir bien

La OMS ofrece otra referencia al definir el envejecimiento saludable en términos de capacidad funcional. El objetivo es que las personas puedan hacer aquello que valoran: moverse, tomar decisiones, mantener relaciones y participar en su entorno. Tener una enfermedad bien controlada no impide necesariamente envejecer con bienestar.

Esa perspectiva amplía la conversación. La salud depende de las capacidades físicas y mentales, pero también del entorno, los apoyos y el acceso a los cuidados. Una intervención puede ser valiosa si conserva autonomía o reduce las dificultades de la vida cotidiana, aunque no permita afirmar que ha revertido el envejecimiento.

Llamarlo enfermedad podría cambiar la manera de plantear la investigación; mantener otra clasificación no elimina la posibilidad de intervenir sobre sus mecanismos. La cuestión decisiva será qué enfoque permite desarrollar tratamientos útiles y accesibles, medir beneficios que importen a las personas y cuidar mejor la salud a medida que cumplimos años.